Nuestra sociedad es un círculo que no para de consumir. No sabemos decir no al consumo y como conejitos de indias le seguimos hasta el día de nuestra muerte.
Desde que somos pequeños no paramos de gastar dinero en cosas que no necesitamos. Generalmente solían ser juguetes que al pasar por delante del escaparate se nos encaprichaba, pero que a la media vuelta lo dejamos en cualquier lado de nuestra casa.
A medida que nos vamos haciendo mayores esos juguetes son reemplazados por ropa que se cada guardada en el armario días, meses, incluso años. Entonces es cuando tu ama o aita, con un poco más de solidaridad, lleva esa ropa, casi sin estrenar, a la parroquia o a los contenedores de ropa que cada día son más.
Más tarde, muchos años más tarde, cuando ya hemos formado una familia, el consumo es distinto. El dinero excesivo que gastas en esta época va dirigido a tus hijos, unos hijos que no dejan de gastar, que cada día te piden más cosas y que sí no se las compras no pararán de lloriquear.
Hay una época del año en el que el consumo es anormal, la navidad. Somos capaces de gastarnos cientos o miles de euros en regalos, comida, petardos… Sólo pensamos en comprar, en darles a nuestros familiares los regalos más exclusivos del mercado. Como bien dice una canción la navidad se lo ha inventando El Corte Ingles.
Por otra parte, pensamos que no somos consumistas o que lo seremos menos sí apadrinamos un niño o niña del tercer mundo. Entonces estamos con nuestra conciencia tranquila, ya que pensamos que ya hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos para ayudar a los demás y que por nuestra culpa no será que halla tanta diferencia entre el mundo desarrollado y el sub-desarrollado. Pero estamos muy confundidos, esas donaciones ayudan un poco pero no es ni la mitad de lo que podríamos hacer. ¿por qué en vez de tener unas vacaciones excelentes en una isla maravillosa, no vamos a pueblos del tercer mundo a cooperar?
Estaría bien hacer una prueba. Cada uno de nosotros debería sacar a la calle todo lo que tenga en su casa que le pertenezca y valorarlo en euros. Después, separar las cosas que te parecen imprescindibles y con las que podrías hacer una vida tan normal como la que tienes ahora, y valorarlo. Estoy segura que muchos de nosotros, por no decir todos, nos quedaríamos sorprendidos en todo aquello que no utilizamos y nos encontraríamos con cosas que no recordamos haberlas comprado.
Últimamente se está poniendo en moda por parte del gobierno defender la idea de parar el consumo excesivo pero como se suele decir los políticos son unos mentirosos. ¿quién se va a creer que el gobierno no quiera que los ciudadanos de a pie gastemos como energúmenos?
La rueda no parará de rodar si nosotros no somos capaces de pararla. Está en nuestras manos decir que no a todas esas ofertas que nos ofrecen, a toda esa ropa que nos ofrecen de último modelo… Digamos no al consumo y ayudemos a los que más lo necesitan, porque ellos nos lo agradecerá.