Ah, la vida. A veces se habla de ella como si de un fenómeno metereológico se tratara. Cuando el vecino pregunta que qué tal nos va, lo mismo podía preguntarnos acerca del día tan maravilloso que hace. O, cuán bella es la vida, dicen algúnos, bella como un mañana de verano.
No, no se trata de eso, no se puede hablar de la vida. A saber si Lucy vivía ya en Etiopía en el momento en que la selección natural nos fue favorable y cogimos un camino totalmente distinto al de los demás animales, ese camino que nos llevó a la razón. Entonces, al instante en que fuimos conscientes de nuestra propia existencia, no pudimos evitar preguntarnos por todo aquello que nos rodeaba, y cuanto más nos adentrábamos en el mundo de la inteligencia, más misterios se nos aparecían por resolver. Uno de ellos es la vida. Desde hace diez millones de años nadie ha sabido explicar qué es la vida, esa gran tetera de Wittgenstein frente a la pequeña tacita que somos nosotros. Pues bien, si tan desconocida es, no se puede hablar de la vida. Hablemos de nuestras vidas, de “mi vida es bella”. La vida de cada uno tiene más posibilidades de entrar en su tacita.
Ahora, una vez asumido esto, sería lógico pensar que el concepto que tiene cada uno de su vida es intransferible e impenetrable. Quiero decir que, ante las dificultades que podamos encontrarnos, las actitudes que tomemos serán muy distintas según la persona y claro está que contar con un poco de optimismo nunca viene mal, pero siempre siendo realista.
Decir que la vida es bella me parece un doble disparate, por muy conmovedora y satisfactoria que sea la película.