Jóvenes, chicos y chicas, de la generación del noventa y uno se reúnen para compartir experiencias y deseos novedosos, complicados e irrealizables numerosas veces, en un local diáfano, vetusto y mugriento. Pero el local es nuestro, decorado a nuestro gusto. Adentrémonos en la antigua cochinera donde se refugiaban decenas de cerdos sucios y ruidosos hartos del frío de la noche burgalesa. Allí todos expresan y defienden sus ideas de libertad. Todos tratan de imitar la generación anterior. Nos sentimos fuertes cuando estamos juntos y débiles uno a uno. Es nuestro refugio, nuestra república, donde nuestra opinión cuenta, donde nosotros decidimos y donde las cosas se hacen a nuestra manera. El antro nos protege del sol, del calor y de las miradas curiosas de los mayores. ¿Dónde posamos nuestros cuerpos? Repartidos por el local podemos ver los sillones, desperdicios ruinosos de los vecinos que, cansados de sus viejas posesiones, deciden reemplazar los desechos por selectos y refinados muebles. Pero nosotros nos conformamos con los desperdicios, lector. ¿Somos cerdos? ¿Somos seres humanos? ¿Acaso sólo intentamos comportarnos como tales? ¿Qué somos nosotros sin el ruido, sin los gritos histéricos, sin risas ensordecedoras, o sin música repetitiva del DVD?. Nos despreocupamos de todo. Somos ruidosos como chicharras en verano. Aun así somos un grupo con identidad propia, no una piara. A pesar de tener diferentes orígenes, familias y estatus sociales nos unimos formando una piña. ¿Es allí donde se va creando la nueva sociedad? ¿Saldrán de allí los futuros líderes, obreros, médicos, maestros, trabajadores responsables, irresponsables parados…? Hemos creado nuestro propio mundo, lejos de los adultos, de las preocupaciones, de las obligaciones que con mucho esfuerzo hemos sobrellevado durante el curso. Ahora somos libres, y dueños de nuestras vidas y anhelos. ¿O no? Todos los jóvenes pasan las tardes en el local, sin preocupaciones.Mientras tanto las calles del pueblo están vacías, silenciosas. Los viejos al sol esperando su fin y nosotros con toda la vida por delante. ¿Dónde se encuentran los niños? ¿Qué ha sido de aquellos chiquillos felices, que jugaban libremente con sus abuelos? Ya han crecido, han cambiado. Ya nada es lo que era antes. Los recuerdos dejan huella en el alma de este antro adolescente de una sociedad de inconformistas rebeldes y revolucionarios. Chavales inconscientes y despreocupados del futuro propio y ajeno. El mañana queda lejos, juntos no tenemos miedo, “carpe diem”. La sensación es muy fuerte pero no sentimos vértigo. Pero ahí seguimos, nadie se mueve, nadie sale a luchar. Cochinera inútil que únicamente lo forman sillones, un DVD que nunca descansa y… ¿humanos? Con las ideas se despiertan los sentimientos, atracciones más íntimas que se comparten al mismo tiempo, con miedo y con valentía mezcladas de manera incontrolada. Tarde tras tarde de agosto planeamos nuestras aventuras. Como si fuera el cuartel general de un ejército, nos organizamos para la fiesta y la excursión. Cuando septiembre nos devuelva a nuestras casas, lo echaremos de menos. Cuando el estudio y la responsabilidad nos estrese nos acordaremos del lugar, de los momentos, de esos amigos que llenaban nuestras vidas. Esperamos con ilusión que el calor del verano nos una de nuevo. Cuando el calor del sol veraniego pierde su fuerza y los páramos castellanos se enfrían bajo el gélido y seco invierno. Las ilusiones juveniles se hielan e hibernan en busca de tiempos mejores, más calidos y agradables.