Con un poco de retraso me gustaría hablar de los habituales propósitos para el año nuevo. Hace algunas semanas escuché algo en un programa de radio que me hizo pensar sobre lo poco productivos que son estos objetivos que algunas personas tan cuidadosamente eligen; que no piensan. ¿Quién de las pocas personas que lean este artículo, no ha formulado (aun siendo sólo en su mente) el propósito de adelgazar, dejar de fumar, ser mejor con los demás, estudiar más y no dejarlo todo para el último momento o algo por el estilo? (y cosas todavía más mágicas e improbables que no veo la necesidad de mencionar, ya que nadie las llega a hacer públicas). La mayoría de nosotros lo ha hecho dejándose llevar por la magia del momento o algo similar (cosa un tanto infantil a mi modo de ver) y pensando que ese deseo se va a cumplir.
No quiero ser malinterpretada, no me parece ridículo que la gente quiera mejorar su conducta y ser con esto más feliz, sólo me parece curioso cómo somos capaces de dejarnos engañar por algo que ni siquiera sabemos porque por qué se hace; simplemente es algo que se ha hecho siempre y que por lo tanto no debe de ponerse en entredicho; porque, sin duda se va a cumplir.
La cuestión es que no sabemos el daño que puede causar a nuestra autoestima formular estos propósitos sin estar totalmente seguros de que seremos capaces de conseguirlos. Según la psicóloga que intervino en el programa de radio mencionado anteriormente, los deseos para el año nuevo son algo sobre lo que se debe meditar largo y tendido. La razón para esto es que formular propósitos que no son seguros de cumplir pueden dañar notablemente nuestra autoestima y confianza en nosotros mismos a la hora de encarar objetivos futuros. Por ello, hay que elegir metas fáciles de conseguir e ir incrementado su dificultad según las vayamos logrando.
Dejando todo esto claro y después de meditar un rato mi propósito para este año, es ser menos vaga en todos los sentidos y sobretodo no dejar los estudios para el último momento.
